sábado, 28 de febrero de 2009

Las dos caras de la verdad

El viernes por la mañana fui a la BNF (Bibliothèque Nationale de France) junto a Alfonso Pinilla, profesor ayudante de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. La sede principal es la François Mitterrand (en honor al ex-presidente de la República), una auténtica mole formada por cuatro torres espectaculares (donde se alojan al parecer más de diez millones de libros) y que se encuentra a la orilla del Sena. En la parte central, rodeado de los cuatro rascacielos, se halla el edificio de dos plantas donde se encuentran las diferentes salas para consultas, administración y demás.

Ya me habían hablado de la grandiosidad del edificio, pero he de reconocer que ni todas las palabras del mundo habrían bastado para hacerme una idea de la sensación de “pequeñez” que uno puede sufrir al acceder, sin lugar a dudas, a uno de los centros culturales del mundo. No puedo presumir de ser un hombre Michelin de 3 estrellas en cuanto a países conocidos, pero desde luego, si tuviera que encontrar un paralelo de la gran biblioteca de Alejandría en la actualidad no me cabría la menor duda de que ese sería el edificio de la François Mitterrand.

Creo que nadie podrá dudar de lo fascinante que puede llegar a ser la Historia, aquella que es capaz de unir dos civilizaciones separadas por miles de años tales como la egipcia y la francesa. Aquella que demuestra cómo los hombres siguen sintiendo la necesidad de la eterna luz en las tinieblas del más allá. Me refiero por supuesto a la megalomanía arquitectónica que ha caracterizado a toda cultura, todo imperio, todo Dios, todo líder: las pirámides de Egipto, San Pedro del Vaticano, las construcciones mayas o aztecas prehispánicas, las grandiosas catedrales góticas de los siglos XIII-XV, los rascacielos de Norteamérica y el sureste asiático… todos se construyeron con un fin: la eternidad. Y no es menos, por supuesto, la megalomanía “mitteraniense” reflejada en el edificio de la BNF.

Un edificio que sin embargo no deja de sorprenderte ni en su interior. Cuando accedes al mismo, las escaleras mecánicas, las paredes de metal grisáceo que trasladan el cielo de París al interior del lugar, los tornos, los vigilantes y medidas de seguridad… en contraste con la “nobleza” de la madera, la moqueta y la elegancia de las salas de lectura, provoca un viaje místico a las novelas de Ian Fleming, convirtiéndote en su James Bond particular protagonizando: 007 en busca del morisco perdido.

Pues en aquellas inmensas salas (yo estaba en la N y no veía el final de la O, que era la contigua) estuve disfrutando como un marrano en un charco todo el día. Bueno, todo el día no. La verdad que hubo un hecho que me ha dado qué pensar este último día y medio. Una “pesadilla” que viene persiguiéndome como lo hace la trucha al trucho cada vez que me veo en una foto. Me refiero a mi capacidad fotogénica. ¿Cómo es posible que pueda ver en mí dos personas? ¿Qué perversos espejos utilizan las cámaras fotográficas? ¿Acaso son los hermanastros malos de los espejos de las habitaciones y de los cuartos de baños? ¿Acaso estaré tan enamorado de mí mismo que no dejo verme?

Horror vacui es todo aquél miedo al vacío ornamental en las obras pictóricas, arquitectónicas, etc. Pues el mismo vacío es el que voy a desarrollarme como las cámaras webcam me sigan maltratando de esta manera, provocándome un vacío interior desolador que no soy capaz de cubrir por más argumentaciones que haga.

Para muestra un botón.













Pues muy a pesar de las evidencias materiales aportadas al caso, mi querida Menchu sigue pensando que deberíamos hacernos un book de fotos con la cámara del teléfono para el fondo de escritorio de éste ¡Para que luego digan que el amor no es ciego! (En vez de retocarse la nariz debería haberse operado la visa, perdón la vista, de lo primero la tía va sobrada. No olviden mis lectores que es natural de Barcelona, aunque hija adoptiva de la Electromecánica, eso sí).

Pero pasemos página. El rencor no es bueno para la salud y por ello olvidaré que tengo dos caras, aunque de una misma moneda. Las dos caras de la verdad, aquellas que reflejan la misma persona.

Y poco más, chic@s. Por la noche salimos a tomar algo el señor Arribas (un sociólogo de la UNED), el señor Sanmartín (mi galleguiño), el señor Román (representante de la tacita de plata), el señor Arnó (un medievalista catalán que no es nacionalista) y el menda que suscribe estas palabras. No nos recogimos muy tarde pero sí lo suficiente como para acumular un segundo día de “tomar algo” y estar lo suficientemente cansado como para no hacer nada durante dos días.

Tal era el cansancio que para descansar ayer decidí irme junto a Fernando Arnó (el medievalista) hasta Chartres y pasar allí el día (ya sabéis, mis cosas). En esta localidad a 80 kilómetros de París se encuentra una de las catedrales románica/gótica más importante de Europa. Sencillamente, la belleza de sus líneas, de sus arbotantes y arquivoltas, de sus pórticos abocinados, de sus esculturas… cegaba no sólo el objetivo de mi cámara sino el corazón de un aficionado a la Historia del Arte. Al cruzar el umbral de la catedral la luz que filtraban las enormes vidrieras góticas tenía el placer de presentarme la megalomanía arquitectónica a la que anteriormente me refería. Se abría ante mí un espacio, de más de 30 metros de largo y más de 36 en su parte más alta, en el que se habían producido algunos de los hechos más importantes de la historia de Francia como pudo ser la coronación como rey de Francia de Enrique IV.


Lamentablemente, la catedral no sólo sufre el paso del tiempo sino el abandono de las autoridades francesas. La cabecera de la iglesia se encuentra literalmente apuntalada ante la probabilidad de derrumbe, en el interior hay redes para evitar la caída de trozos del edificio, las palomas están haciendo de la casa del señor su casa, es decir, un palomar… Nos han comentado que sólo los fondos particulares han permitido que se inicie la restauración de la catedral en su parte exterior, comenzando por la cripta y los dos pórticos de entrada laterales. Sin embargo, el proceso es tan lento que temen que cuando terminen tengan que volver a empezar por el principio.


Por lo demás, Chartres es un pueblecito típico centroeuropeo en el que predominan las casas que tenemos en nuestra mente gracias a los documentales de La 2, muy alejado de la arquitectura de la capital parisina. Cuenta con dos iglesias más también espectaculares: Sant Pierre y Sant Ignon (creo que se escribía así), amén de San Andrés que ahora es un colegio. Y poco más. No creáis. Teníamos previsto volvernos a las 20.30 pero, después de comer en un italiano bastante aceptable, hemos cogido el tren de vuelta a casa a las 18.00.

Un viaje de vuelta que nos ha permitido gozar, aunque fuese brevemente, del que espero sea nuestra próxima salida: el palacio y jardines de Versalles.

Pero eso será la semana que viene. Ya es hora de terminar con este martirio, si bien lo haré con la tranquilidad de saber que mi Real Madrid ha ganado 0-2 en Barcelona y nos acostamos a 4 puntos del líder. Mañana todo el madridismo será más colchonero que nunca. Por eso, he aquí un madridista que se va a su colchón.

Buenas noches, y buena suerte.

Un besazo a todos: familia, Menchu, amigos, amigas, amantes, amantas (a manta palos me van a recibir por decir lo que digo)… en fin A TODOS.

jueves, 26 de febrero de 2009

¡Porca miseria!

Si sé que el fútbol es como la religión, es decir, irracional ¿por qué demonios sigo sufriendo tanto con las derrotas de mi Real Madrid? Como ya sabrán mis lectores, anoche volvimos a sufrir un duro golpe con la derrota en casa por 0-1 frente al Catenaccio-Liverpool del señor Benítez, y gracias al excesivo respeto (por no tildarlo de cobarde) del señor Ramos, de cuyo nombre no quiero acordarme. Supongo que a mi edad ya será difícil encontrar muchos porqués, aunque prometo seguir intentándolo.

Otro año más, la maldición de octavos de final se cebará sobre nosotros y sólo un verdadero milagro (que para una persona como yo es como pedirle higos al limonero) logrará que la leyenda blanca vuelva a volar sobre el estadio de Anfield bajo el eterno cántico del You´ll never walk alone (nunca caminarás sólo)… Pues que sepan todos usted que: ¡Juro por dios que nunca jamás… ehhhhhhhhhhhhh, quietos ahí, cuidadito con lo que pensáis, mi Real nunca caminará sólo porque siempre me tendrá a su lado.

Dejando de lado la mala noche de ayer, supurada con una buena charla de historiadores hasta las 02.00 de la madrugada, el día de hoy ha transcurrido como viene siendo habitual en esta mi primera semana de estancia en París. Me he levantado a las 08.00 para estudiar, a las 09.00 he bajado a desayunar con Israel Sanmartín, un galleguiño que tiene toda la pinta de Rajoy salvo que es pelirrojo, y juntos nos hemos marchado a la biblioteca de la École a trabajar.

El ambiente de estudio y de trabajo en el Centro es muy bueno pero, sinceramente, sus fondos apenas me van a servir para lo que yo estoy buscando. Donde más cosas encontraré será en la Biblioteca Nacional (de nombre François Mitterand, cómo no), en la Richelieu y en la de la Sorbona. Pero bueno, tenía que ir para recoger mi tarjeta de biblioteca y devolverle a Bernard un libro que me prestó el martes.

Además, he aprovechado para contactar con “Menchu” para que me enviase una serie de archivos que tenía pendiente de envío. La verdad que tengo que agradecerle a la chiquilla todo lo que está haciendo ¡Mira que no haberme fijado antes en una vecina que vive a 50 metros de casa de mis padres! ¡Qué me corten la cabeza… como diría alguien que yo conozco!

Terminada pues la fase de envíos de archivos y los correspondientes mensajes de: te quiero, yo más; te echo de menos pues yo más, no, yo; no, yo… y siendo las 13.30 pasadas (me comía las esquinas de la mesa de estudio) ¿adivinan a dónde ha planteado Israel ir a comer? Yo he elegido: arroz 3 delicias con curry y pollo con almendras ¿les suena a alguno? ¿Cree alguien que he puesto mucha resistencia a su opinión?

Estoy intentando recordar cuánto tardé en ir a un chino en Praga, Alemania, Polonia, Portugal… y la verdad que no lo recuerdo, pero creo que esta vez he tardado bastante. Han sido 4 días muy duros sin poner en mis labios la deliciosa carne de rata en su punto que tanto adoramos los gourmet de la cocina oriental.

Con el estómago lleno y una climatología invitándote a estar en casa calentito, cómodo y con todas las cosas al alcance de la mano, he decidido no quedarme en el École y volverme a la Cité para seguir trabajando. Y es aquí, pues, donde me hallo en estos momentos escribiendo la segunda crónica del ingenioso caballero andalú y sus peripecias en la Ile de France.
Ahora voy a continuar currando un poco más hasta que llegue la hora de irme a correr un rato y bajar al gimnasio. Después, hemos quedado varios compañeros para cenar en la cocina de nuestra planta y empezaremos a negociar si hoy jueves es día para salir a tomar algo o mejor lo dejamos ya para mañana.

Ya os contaré. Besos para todo el mundo.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Primeros días

Ya estoy aquí. Tarde, pero como bien dice el refranero español: más vale tarde que nunca. Aunque más bien se puede decir que ha sido sólo un pequeño retraso (delayed, como aparecería en los paneles informáticos de los aeropuertos) por motivos de logística sin importancia tales como llegar a un país que no conoces, una ciudad 20 veces más grande que la tuya, tener que deshacer las maletas, situarte… en fin, como decía, cuestiones sin mucha importancia. Aún así, y muy a pesar de lo dicho, mi querida Menchu me ha metido tal presión este mediodía que me ha forzado a crear este pequeño Cuaderno de Bitácora para comentar los pormenores de mi estancia durante los próximos 90 días en la Ciudad de la luz.

No creáis que el calificativo de luz es porque aquí el astro rey luzca sus mejores galas. Ni mucho menos. Ese calificativo proviene de la magnificencia de París en el siglo XIX por su magnífico alumbrado eléctrico urbano. No obstante, no es menos cierto que estamos disfrutando de unos espléndidos días con unas temperaturas que rondan los 10-14 grados pero con un solecito que se agradece. No fueron sin embargo estos rayos de luz que ahora alumbran mi habitación los que me recibieron el domingo a mi llegada a París.

Pero mi viaje a París no es que fuera precisamente de lo más placentero que yo he llegado a conocer. No empezaba muy bien cuando, montado en el vagón número 5 del AVE Santa Justa-Madrid-Puerta de Atocha con salida de Córdoba a las 08.03, descubría a una decena de “veinteañeros” cuyo objetivo no era precisamente el que yo me disponía a conseguir: descansar. Mi gozo en un pozo. Mis sospechas no se hicieron de rogar para confirmar lo que me temía: promoción universitaria de viaje de fin de curso. Vagones número 5, 6 y 7 llenos de chavales ¿alguien da más, señoras y señores? Si alguien piensa que aún así hubiera descansado, yo le diría que es porque nunca ha formado parte de una experiencia así. Yo la viví y por ello sabía que durante los siguientes 105 minutos no iba a pegar ojo. Pero hay otro refrán que dice: cuando no puedas con tu enemigo, únete a él. Dicho y hecho. Sabiendo que mi batalla por el descanso la tenía perdida me dispuse pues a disfrutar de mi guía de París y a sonreír todo lo que pudiese de las travesuras de los cancuneros (¡México lindo y querido!).

Jóvenes de 21-22 añitos de viaje de fin de carrera con destino Cancún y naturales de Sevilla: ¡oúú sssshiquillo qué guasa! Claro, esto me provocó un doble sentimiento: por un lado quería llegar a Madrid desde que veía las casas de mi adorada Alcolea pero, por otro lado, no me hubiera importado seguir hasta Bilbao disfrutando de todas las tonterías, sandeces, chistes, bromas y demás historias que siempre envuelven este tipo de acontecimiento único. Sin olvidarme de la timba de póquer del vagón número 6 con 5 jugadores y la entrada en la partida a 50 euros. El gachón que se llevó a todos al huerto se llevó la nada despreciable cantidad de 300 euros (ya que uno volvió a re-engancharse a la partida), una tajada histórica en el vagón-restaurante y medio viaje de estudios financiado por sus compañeros ¿Si hubierais visto la carita del pobrecito que perdió 100 euros? En la penúltima mano, con full de Q-J encima de la mesa, pierde frente a un full de A-K. Pero no queda ahí la cosa cuando mis ojos veían como en la última mano con póquer de Ases (A) y apostando todo su fondo perdía frente a una Escalera Real o Flor Imperial. Sinceramente, no sé si tenía flor imperial pero desde luego una flor en el culo sí que se había puesto el tío para ir a Cancún. Sin duda qué mejor manera de iniciar un viaje así, aunque no olvidemos de nuevo el refranero español: afortunado en el juego… pero qué digo, con 300 euros ¿¿¡¡quién coño va a tener problemas de amor en Cancún!!??

En fin, dejemos a los economistas sevillanos que aún disfrutan de su viaje en el Nuevo Mundo para trasladarnos al aeropuerto de Barajas. Con los dos pies ya en tierra me dispuse a coger el cercanías que desde Atocha Renfe me dejase tan sólo dos paradas después en Nuevos Ministerios (Atocha Renfe-Recoletos-Nuevos Ministerios). De ahí a Barajas en la línea 8 (rosita, como le gusta a Menchu), un paseo.

Era la primera vez que iba a la famosa Terminal 4 (T-4) de Barajas y, desde luego, si por una extraña razón pretendían que no la olvidara jamás, lo han conseguido, y no precisamente por la grandiosidad arquitectónica (aunque debatible para mi gusto y parecer) de dicha terminal.

Vuelo de Iberia IB3418 Madrid-Barajas (Spain) con destino París-Orly (France). Las nuevas tecnologías y la venta de billetes on-line me permitían facturar a través de un auto check-on line, “ahorrándome” la cola de espera para facturar en el stand de mi vuelo. Lo pongo entre comillas porque la cola que no haces donde normalmente te correspondería la haces ahora entre los mostradores 810-819, que son donde se facturan todos los vuelos de Iberia con auto check-on line. Vamos, que tendré que seguir investigando si eso interesa (creo que sí porque la cola es de gente de múltiples vuelos y no toda del tuyo por lo que puedes elegir asiento y tal. Por lo tanto, el servicio, aunque mejorable, es bueno a mi entender). Claro, aunque mi frustración se dirija hacia Iberia y todas las compañías aéreas del resto del mundo, aeropuertos, etc. no quisiera llevar a engaño a nadie ya que la culpa de lo que a continuación detallo es exclusivamente mía.

Tampoco hay que dramatizar como lo estoy haciendo, tampoco es para tanto. La cuestión es fácil: límite de peso de la maleta, 23 kg. Peso de mi maleta: 33 kg. A partir de los 32 kg. la cinta no factura automáticamente la maleta. Solución: abrir la maleta delante de 100-150 personas y empezar a sacar cosas para que diese, como mínimo, los 32 kilos exigidos. Dicho y hecho. Saqué tan sólo una sudadera y mis zapatos y daba de peso 31 kilos. Suficiente. Ahora tendría que pagar el exceso de equipaje pero eso era lo de menos (teniendo en cuenta que tampoco podía traer menos cosas para una estancia de 3 meses). Conclusión: mis zapatos pesan como un muerto, y creo que viajarán muy, muy poquito conmigo de aquí en adelante.

Pues nada, cuestión solucionada. Ahora tocaba la fase de pago del exceso de equipaje. En metálico no era posible ya que allí no tenían caja, debía ir a otro lugar para volver a esperar la colar y facturar de nuevo. Como ustedes, mis queridos lectores, comprenderán, no era la solución por la que ni yo ni la muy amable trabajadora de Iberia abogábamos. Pues nada, pague usted con tarjeta que aquí sí se puede, me comentó la dicha mujer. Yo presto en acabar con toda aquella situación (llevaría ya unos 20-25 minutos cuando normalmente la facturación con todo en regla se acaba en 4-5 minutos), saqué raudo y veloz mi nueva tarjeta de débito de Cajasur con su chic electrónico, en lo que sería su bautizo crediticio en la nueva vida que le unirá a mí durante no sé cuánto tiempo. Pero nada más lejos de eso, cuando la señora empieza a pasar la tarjeta y el ordenador, siempre caprichosa la informática, denegaba la transacción. Claro, toda aquella persona ávida en estos vuelos se habrá dado cuenta, en cuanto ha leído lo de la tarjeta de DEBITO, que en los aeropuertos éstas no sirven sino son Mastercard, VISA, American Express, etc. Así es como una hora después, sudando como jamás lo he hecho, o mejor dicho, habíamos hecho (nunca he visto a una trabajadora tan apurada por un cliente), mi maleta iniciaba el mucha veces trágico viaje en las cintas transportadores que nunca sabes si te la devolverán como la dejaste o sabe dios cómo.

Eran las 12.00 de la mañana y me disponía a pasar el control de seguridad para pasar a la zona de embarque. Estaba predispuesto a que nada ni nadie me rompiera la ilusión con la que iniciaba esta experiencia y así lo afrontaba. Llegado al arco de seguridad, lo de siempre: desnúdese (o casi. Tienes que quitarte el cinturón y eso conmigo ahora mismo es sinónimo de que los pantalones se caen literalmente), saca todo lo de las bolsas y reza para que no te paren para más veces para más registros. Aunque molesto, trámite superado.

Pues nada, ya sólo quedaban dos horas para embarcar. Me disponía a hacer tiempo hasta las 12.45-13.00 para comer y dirigirme a mi puerta de embarque. Cuán es mi sorpresa cuando miro los paneles y busco mi vuelo IB3418 y veo la tan fatídica letra: DELAYED. No me lo podía creer, el vuelo lo retrasaban 45 minutos (hasta las 14.45). Bueno, pensándolo bien eso me permitía comer un poco más tarde y era, y es, algo ya trágicamente "normal" e inherente a los aeropuertos (y no sólo españoles).
Pero el 22 de febrero se levantó con ganas de pelea. Y cuánto es así que, a punto de darle ese primer bocado a mi hamburguesa Big Mac, ese momento mágico, cuando olvidas en qué lugar del mundo te encuentras, cuando el olor del menú te recuerda momentos mágicos vividos alrededor de un Mac Menú, estuve a punto de atragantarme cuando veía que mi vuelo Madrid-París-Orly se retrasaba nuevamente otros 45 minutos (hasta las 15.45). Lo dicho, nada iba a evitar que torciese mi sonrisa y mucho menos con una hamburguesa en la mano.
Eso sí, lo que en principio tenía que ser las 15.45 se convirtió al final en las 16.30. Pero ya todo me daba igual. Eran las 17.54 y el capitán del vuelo nos anunciaba que nos disponíamos a tomar tierra provocando que medio centenar de chavales jubilosos rompiesen en aplausos y alborozos. ¿Ah, no lo había comentado? Claro, hombre, cuando me senté en mi asiento veía como otro grupo de alumnos de bachillerato se montaban en el avión dispuestos a comenzar su viaje de fin de curso de 7 días en París. ¿Acaso yo tuve el extraño pensamiento de descansar en el vuelo a París después de todo? Claro que no, sólo a una mente perversa se le hubiera venido tal ocurrencia a la cabeza. En estos momentos mi viaje se había convertido en una Odisea, en una lucha entre el destino y yo, en un enfrentamiento entre David y Goliat… pero mi sonrisa al ver entrar a esa manada de testosterona por la puerta del avión derrotó por K.O. a cualquier destino, a ese Goliat que intentaba tumbarme.

Pero sólo yo puedo cambiar las cosas. Con mi trabajo, con mi esfuerzo, con mi ilusión, con mi sonrisa, con mis frustraciones, con mis penas, con mis desilusiones, con mi familia, con mi Menchu… No hay nada escrito ni nadie que nos dirija hacia un algo ya predestinado. Los versos de mi vida sólo tienen una mano que los escribe: la mía. Y está claro que ese 22 de febrero quedó cristalinamente claro que los designios de mi sonrisa sólo los dirigiré yo.

¡Bienvenu à Paris! Pasaban unos minutos de las seis de la tarde, y con mis maletas en la mano, me dirigí a la puerta H de la terminal W del aeropuerto de París-Orly en busca del autobús (Orlybus) que tendría que llevarme hasta una parada que se encuentra a unos 400-500 metros del Colegio de España, donde tendría mi nueva residencia durante los próximos 90 días.
A las siete y pico de la tarde, aquí el menda hacía toma de posesión de su habitación y convertía la chambre 229 del Colegio de España en la Cité Universitaire parisina, sito en 7E Bd Jourdan (75014, París, Francia), en la nueva República Independiente de mi Casa. Todavía no he sido reconocido oficialmente por ninguna embajada extranjera aunque todo se andará en la viña del Señor.

Sobre el Colegio de España qué decir. Es un edificio precioso y muy bien conservado. Le retocaron la cara a mediados de los años 80 y de ahí su buen estado de salud. Las habitaciones son agradables, confortables y coquetas (no le pedía mucho más a un alojamiento en París). Hay wifi que es lo que verdaderamente me importaba y a partir de ahí todo lo demás es un extra añadido. Tiene una sala de ordenadores bastante buena, una sala de estar, otra para la televisión… bueno, quien quiera saber más sobre el Colegio aquí pongo su dirección: http://www.colesp.org/

A partir de la proclamación de la República independiente de mi casa todo ha sido una vorágine. Después de cenar deshice la maleta (un hecho histórico para mí ,ya que es la primera vez en mi vida que la deshago el primer día ¡si es que me hago mayor!) y me fui a tomar algo con una amiga que conocí en Praga y que, casualidades de la vida, se encuentra en París de Orgasmus-party. Terminamos a las tantas y me recogí para dormir. ¿No estaba mal para terminar ese día 22, no? No todo lo que empieza mal acaba igual, así que el inolvidable increíble-fatídico día terminó fantásticamente.

El lunes bajé a desayunar y ya me encontré con la cruda realidad: un idioma llamado Wanda… perdón, francés. Me he propuesto estudiar fuerte pero creo que 3 meses serán insuficientes. No obstante, intentaré sembrar todo lo que pueda de cara a un posible futuro nuevamente en París (con permiso de la jefa, claro). A las 10.00 tenía cita con mi tutor, el prof. Bernard Vincent, uno de los mejores hispanistas del mundo y el mejor moriscólogo de la historiografía española. Esto era una cuestión fundamental para mí, es decir, venir a un país para aprovechar el tiempo y no para perderlo. La especialidad de Bernard (mi tesis doctoral versará sobre los moriscos en Andalucía), amén de su perfecto castellano, fundamental para sentirme integrado más aún si cabe, han sido fundamentales para realizar la estancia aquí en París. El centro donde trabaja es el École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales). El edificio es un tanto obsoleto y más propio de la arquitectura comunista de los años 70 que de la París urbanitas. Pues nada, hechos todos los trámites necesarios y tras visitar el edificio, volví al Colegio para almorzar (aquí el horario de almuerzo es de 12.00 a 14.00 pero si llegas a partir de las 13.30 no encuentras nada, así que estoy comiendo sobre las 12.45-13.00 ¡qué maravilla!).

Señoras y señores, esto se va terminando. Por la tarde dormí siesta porque aún estaba cansado del día anterior. Cuando me levanté me fui a correr. He de decir que la Cité está rodeada de unos jardines que tienen varias hectáreas (enfrente tengo además un parque también con más de 40 Ha. convirtiéndose en uno de los pulmones de París). Cuando terminé de correr bajé al gimnasio para verlo y trabajé allí un rato. Me duché, bajé a cenar y me subí a ver el telediario (aquí es un ritual: a las 21.00 se pone Canal 24 horas Internacional para ver el telediario y después, según mayoría democrática, se ve lo que se decida). Terminado el parte de noticias decidieron poner Gilda y yo aproveché para verla ya que no la había visto nunca (lo siento por todos aquellos cinéfilos que se hayan sentido ofendidos por este comentario). Sinceramente, estoy deseando de volver a España para verla de nuevo (la vimos en inglés y subtitulada) ya que me pareció sencillamente una PELÍCULA, así, con mayúsculas. La actuación de Rita Hayworth creo que es sublime y hasta Glenn Ford queda ensombrecido (y a veces noto que hasta acomplejado) por la actuación de la primera. Y así me fui a la cama la noche del lunes 23, con la satisfacción de una buena película.

Ayer fui un día duro de trabajo. A las 10.00 comenzó un seminario que terminó a las 19.00, con tan sólo una hora de descanso para comer (a las 13.00 cómo no). No impidió sin embargo que fuese otra vez a entrenar durante una hora, me duchase rápido, cenase más rápido aún y a las 21.45 estuviese en la sala de TV esperando el milagro francés que nunca llegaría: el Barcelona logró empatar a uno frente al Lyon y tiene el pase a cuartos de final de la Champions encarrillada. Tras el partido nos quedamos charlando varios historiadores (Israel de Historia Medieval de Santiago; Ferrán, igualmente de Medieval de Lleida y Alejandro, gaditano de Historia Contemporánea) hasta que me fui a la cama.

Y hoy miércoles, idem. Toda la mañana en la sala de estudio trabajando, comida, estudio, gimnasio, y aquí terminando de escribir esto antes de bajar a cenar para prepararnos para la gran cita: Santiago Bernabéu, 20.45 h., Real Madrid-Liverpool. El Colegio está alterado, lo van a televisar en la sala de cine a lo grande y se espera casi un centenar de personas viéndolo. Tanto en el comedor como en los pasillos hoy no hay otro tema de conversación y eso hace aún más grande a mi Real Madrid (sin ofender a los barcelonistas que también mueven casi tanto o más que mi club, pero mis merengues son mis merengues).

Y se acabó. Ya avisé antes de que esto se terminaba y ya está bien por hoy. Espero poder actualizar el blog asiduamente porque no vuelvo a cometer la locura de contar toda mi vida que la gente se mal acostumbra.

Un besazo a todo el mundo: a mi viejo, mi vieja, my brother, mis abuelos, mi Menchu, a mi Saturnino de mi alma, a mis tíos, a Juan, Carmen, Raúl, Álvaro, Conchi… en fin, esto es lo peor de poner algunos nombres, que ahora voy a quedar mal con los que no he puesto. Pero bueno, ya no vuelvo atrás. Que todos queden saludados y besados. Escrito queda. He dicho.