martes, 10 de marzo de 2009

¡Vente pá Alemania, Pepe!

A veces siento que si me pusieran una boina en la cabeza, un palillo en la boca y un bastón en la mano, sólo tendría que esperar a la Tonta del Bote parisina para que me timase. En este caso, no tanto como para que me estafara sino para que espabilase y me convirtiera en un “hombre cosmopolita”. Es increíble lo difícil que es salir del laberíntico túnel de la línea de metro parisina (no siempre, claro). Hay algunas paradas tan grandes (o más, y no exagero) como mi barrio y claro, si mi escala en la vida es la de mi barrio, ahora entenderéis el por qué del cateto de pueblo que siempre va conmigo.

Pero bueno, ello tiene solución al fin y al cabo. Sólo es cuestión de pararse más de lo normal para confirmar bien las salidas o la dirección en la que coges el Metro o el RAR (trenes de cercanías). Pero todo esto viene a cuenta por la anécdota que nos ocurrió el sábado y que me da vergüenza hasta contarla. Pero ahí vamos ¡¡al ataquerrrrr!!

Me disponía yo, tal cual Alfredo Landa, a disfrutar de un lindo paseo que tendría su inicio en la parada de Sant Michel, lugar donde el mundo se detiene para deleitarse con la magnífica catedral de Notre Dame (más conocida por su famoso jorobado y alguna que otra película y dibujo animado), para, acariciando los muros que miman el cauce del Sena, disfrutar de su orilla hasta la llegada al Museo del Louvre. Pero esta vez no iba a deleitarme nuevamente con sus exposiciones. Sólo queríamos mirar y gozar de nuevo con la espectacular pirámide de cristal que te recibe a la entrada del museo y que siempre me hace pensar que si estuviera en España ya la hubiésemos destruido ante el cainismo de nuestra nación. Sólo hace falta ver, para no irnos muy lejos, la polémica con el Hotel AC Meliá (antiguo Sol Meliá o histórico Palace) en Córdoba. Pero sigamos con lo poco que tengo que contar (recuerdo que sigo encerrado en el Colegio).


Desde el Louvre, se inicia uno de los paseos más espectaculares que nunca jamás había vivido. El piso acerado da paso inmediatamente al marrón del camino y el verde de los jardines de las Tullerías (eximiré a los lectores de algunos datos históricos del lugar). El revoloteo de los niños, el Sol que tanto me ha mimado desde el inicio de mi estancia, los parisinos, los no parisinos, las parejas, las cámaras, los retratos… me dio la sensación de que los jardines sin los figurantes serían incapaces de transmitir alguna emoción pero tampoco los segundos lo harían sin los primeros. Las grandes fuentes que cada cincuenta metros te encuentras, rodeadas de sillas para el disfrute del personal cuando la climatología lo permite, sus caras de goce, placer, libertad… ahí es cuando entiendes perfectamente que esos minutos de gloriosa soledad o de insuperable compañía no tienen precio (pero recuerden: la ilusión de su hijo no tiene precio, para todo lo demás, Mastercard. Aprovechando este Kit-Kat, transmito que toda donación pública o anónima en mi cuenta corriente será siempre bienvenida. No lo olviden. Gracias).

Ahora que caigo, no he dicho que mis compañeros de viaje eran: Gema, una massssdrileña de Alcalá de Henares, licenciada en Medicina y especializada en Urología (me ahorraré más comentarios); Ilda, creo que es filóloga; Jauma (Jaime), un botánico que estudia el ADN de una serie de plantas y Floren, que creo que es ingeniero.

Pues bien, llegando a las enormes puertas de las Tullerías nos encontramos ante el espectacular obelisco de Luxor que centraliza la plaza de la Concorde (Concordia). Al parecer fue un regalo de Egipto en el siglo XIX (1833) a la nación francesa para ganarse su amistad o más bien su alianza estratégica en la zona. Ante tal maravilla, uno no puede sino sacar su cámara e intentar no ofender a ese monumento con una mala foto. Pero cuál es mi sorpresa cuando, entre el momento foto y la cantidad de gente que había en la plaza (se celebraba un pase de modelos en una carpa del interior de los jardines y asistían las mejores modelos del mundo), al mirar para los lados no encontraba a más de la mitad del grupo que salimos desde el Colegio. A mi lado sólo se encontraba un extasiado Jauma con su cámara de fotos pero con la misma cara de asombro que yo al intuir rápidamente la situación. No tuvimos que decir ni una palabra, tan sólo con la mirada sabíamos que 50-60 minutos después de salir del Colegio nos habíamos perdido.



A las doce de la mañana, un grupo de cinco individuos se dividían en dos grupos con 3 y 2 personas respectivamente. Y para más goce, ninguno teníamos el teléfono de nadie, y los que yo tengo de la gente del Colegio no servían porque tampoco tendrían el número de ninguno de mis compañeros.

Aún así, creímos que se pudieron adelantar dirección los Campos Elíseos. En principio no sabíamos si ir primero al Arco del Triunfo y después al museo L’Orangerie o viceversa. Claro, si entendierais dónde están cada uno… ¡sería para darnos cabezazos contra la pared! Para no alargarnos mucho en la historia os comento: los tres que se adelantaron unos metros giraron a la izquierda en las puertas de las Tullerías para llegar al museo a unos 50 metros; pero nosotros dos, embelesados por el obelisco, decidimos cruzar la plaza pensando que habían seguido dirección Arco del Triunfo. Y entre 50 metros y los varios kilómetros de avenida de los Campos Elíseos ¡imaginaros si hay diferencia! Pero peor aún, no creáis que íbamos sin mapa ¡no! Lo llevábamos. Pero cuatro ojos no fueron capaces de ver un diminuto edificio a la izquierda de los jardines con el nombre del museo. Es por lo que decidimos entonces seguir para adelante.

El resto de la aventura ya es lógica. No volvimos a encontrarnos, estaba claro. Conforme avanzábamos por los Campos Elíseos los dos sabíamos que no nos íbamos a reencontrar. Fue entonces cuando decidimos llegar hasta el espectacular Arco del Triunfo. Una vez allí, y asombrados ante su espectacularidad, decidimos coger el metro para volver a la plaza de la Concordia por si se obraba el “milagro”. Y estuvo a punto de obrarse, por lo menos nuestros ojos “volvieron a ver”. En la salida de metro, un espectacular mapa de la zona nos mostraba con elegancia y rotundidad el lugar de emplazamiento del museo. Habíamos recorrido kilómetros y habíamos estado a escasos metros del mismo ¡qué vergüenza, qué catetos dios mío!


Eran ya las 14.00 pero por intentarlo no iba a quedar. Fuimos al edificio por si habían decidido esperarnos o encontrarlos a la salida del mismo. Pero eso era más difícil que si me hubiese tocado la primitiva sin echarla. Visto que la suerte estaba echada, nos fuimos entonces a comer a un japonés bastante bueno que hay cerca del École (el edificio donde trabaja mi tutor). Con unas buenas risas por lo acontecido y el estómago lleno decidimos volver al Colegio al que llegamos sobre las 17.00.

Y decía que casi se obró el milagro porque cuando por la noche nos encontramos, después de las pertinentes risas, cachondeos, sonrojos y demás, nos comentaron que salieron del museo a las 14.15. Es decir, que por sólo quince minutos no coincidimos. ¡Estaría de dios como dijo una! (¡Pues vaya telita con dios! pensé yo)

Como ustedes comprenderán, el sábado por la tarde ni me moví del Colegio. Por la noche me invitaron los compañeros a “disfrutar” de una raclette (es como una plancha con un hueco en medio para colocar unas palas en las que fundir queso para juntarlo luego con patata cocida, champiñones, pepinillos…). ¡Imagínense lo que yo disfruté! Pero mi querido Francisco Castro, un mexicano que es el presidente del Comité de Residentes del Colegio, ya se había acordado de mi “pasión” por el queso y me había comprado otra cosa para comer. La velada, regada con vino, claro, estuvo genial. Estuvimos hasta las 03.00 riéndonos y para la camita.

El domingo por la mañana fui, junto a Jaime y Pablo, hasta Port de Clinangcourt para ver un enorme mercadillo que hay en las calles y donde abundan las librerías de viejo y de segunda mano. Pero estuve valiente y no compré ninguno (eso es la ventaja de no saber mucho francés). Por la tarde estaba reventado y me quedé trabajando en el Colegio.

Y poco más. El viernes salimos a cenar para despedir a Israel y Fernando, que volvían a España temporalmente. Y ayer estuve todo el día en el Colegio trabajando.

Hoy hace un día de perros pero la lluvia y el frío hacen que goce más aún si cabe de mi mirada por la última ventana de la sala de estudios hacia los jardines de la Cité. Y encima, esta noche a las 20.45 mi querido Real Madrid se jugará en 90 minutos toda la temporada. El "spanishpool" está dispuesto a eliminarnos pero hoy el mundo verá que mi Real Madrid "will never walk alone..."

Un besazo a todos mis seguidores: mis padres, mi hermano, mi Saturnino, Conchi, Mariano…

PD 1: Habrán advertido mis fans que no he hecho referencia alguna a mi querida Menchu pero, como ya advertí en mi anterior artículo, mis loas a las bodas no me iban a salir barato: ¡Perdóname canija, vuelve conmigo, no me dejes así! ¡Qué será de mí sin ti! ¡Qué dura es la vida del emigrante!



PD 2: Por favor, hacedle llegar la dirección del blog a Álvaro y Raúl que están interesados en verlo al igual que sus padres. No encuentro la dirección del primero y no puedo hacerlo yo mismo. O que alguien me de sus direcciones.

6 comentarios:

  1. Hola guapisimo: asi me gusta ami, comentarios y fotos y tu de cateto no tienes nada de nada.
    Me imagino que te habra gustado el Arco del Triunfo y los Campos Eliseos es todo muy bonito y en los Campos Eliseos, esta todo lleno de tiendas de marca, es una pasada, bueno guapeton, que te lo pases muy bien y que nosotros lo veamos, por esta pantalla, un besito, Conchi

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  2. Muchas gracias, Concepción. Dale un beso a los primos y a Manolo. Ya te iré poniendo más fotos.
    Un beso,
    Santi

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  3. si algo de bueno tiene París es que no somos ni catetos ni no catetos (qué hermosura de palabra...) somos o no somos ciudadan@s..... jejjejje
    sin menos preciar al magnifico alfredo landa (y homenaje a todos los exiliados politicos y económicos ¡jajjaja!) tu humor lo entiendo mejor, jejjej
    es magnífico perderse de esa forma y manera; dejar que el espacio se llene de nuestro asombro y el tiempo no tenga otra dimensión que el paisaje hecho por el hombre. perderse y encontrarse entre fuentes, jardines, esculturas y todo tipo de personajes y turistas.
    hasta los dias lluviosos y grises de París tienen un sabor distinto. parece que nuestro catetillo cordobés encaja bien en los perfiles de la luz y se acomoda a la claridad de sus edificios.
    Aprendete los caminos cortos y tranquilos pa cuando vayamos a verte, sobre to tus progenitores...y menchu que ya te habrá perdonao...jejejje
    esperamos tus noticias. en tus palabras nuestras pupilas, pasean por París.
    ah.. y qué tal los estudios???? jjeje enga un saludo

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  4. Un poco cateto, a pesar del amor que te profeso, si!!!!! jajajajajaja

    Qué sepas que yo si te he captado en la foto!!! Pensabas que se me iba a escapar???????

    Ah! No estoy de acuerdo contigo en comparar la píramide del chino con el AC. Aunque ambos discordantes, la primera es espectacular mientras que lo segundo es...(no coment).

    Un beso, CARMEN

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  5. AH! Seguro que te has emocionado y tó con la canción, jajajajaj

    Buenas fotos.

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